jueves, 23 de noviembre de 2017

PRESENTACIÓN DEL POEMARIO “PALABRAS PARA OTRAS VO CES” DE FERNANDO FIESTAS




TERTULIA EDIARDO ALONSO

CASA DE CASTULLA LAMANCHA DE MADRID

21 DE NOVIEMBRE DE 2017

Por JOSE MARIA GARRIDO DE LA CRUZ


“Palabras para otras voces” es el poemario editado por “Lastura” que ha presentado el poeta aragonés Miguel Angla Yusta en el marco de la conocida tertulia literaria “Eduardo Alonso” bajo los auspicios de la Casa de Castilla la Mancha en Madrid. En un salón de actos repleto de petas y de amigos, el presentador nos mostró esta obra dividida en tres bloques “Relieves”, “divinas insistencias” y “tatuajes en la luz”, en la que ya a través de los títulos se advierte o se sospecha que viene de la pluma de un experto en bellas Artes,  y no podía ser de otra manera cuando se trata de un poeta pintor y Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, del que es difícil distinguir cuál de las dos facetas es la dominante.

"Apenas una imagen reflejada en los relieves, porque nada es superfluo en las hojas que caen. Es tu voz que sobrevive, divinas insistencias porque pueden verse tatuajes en la luz."

Jugamos como el poeta con sus palabras tal vez para descubrir lo íntimo de su poesía. Él espera ser descubierto por los lectores, y compartir su gozo. 

ESCRIBIR EN LA RED








Ante mí el teclado, provocando, con un solemne orden establecido de antemano, y mis dedos, nerviosos, luchadores, para guardar en el recuerdo una idea atacada por la amnesia.

Escribir

En la

Red

Escribir. Ya está escrito y me reescribo pues soy yo el autor de la idea que me convence, aunque ignore el valor que  le den  desde esa red que desconozco otros lápices que como yo, gocen de este placer irremplazable, porque  “Por el placer que la creación provoca, escribir se convierte en un vicio imprescindible.
Este ejercicio alimenta el alma, pero además si se trata de esbozar relato breve, - una fotografía instantánea de la vida, con su nitidez, intensidad y contrastes -, la creación pasa a ser una obsesión, cuyo resultado es necesario compartir.”[1]

En “la”.

Esa es la clave.

Imitar lo sublime de la música. Más ¿Cómo hacer

Oficio de gigantes, o de genios.

Multiplicando el dolor de la creación por siete notas.

Por cinco líneas del sublime pentagrama y ponerle voz al gozo.

Y ¿qué es la red?

Es el alma del ahora, también el arma, al fin sólo difieren en una sola letra.

Algo invisible, intangible como la seda de la araña, que me envuelve. Ojos que me adulan, me devuelven una cálida mirada, me atacan, o me ignoran. Ojos al fin desconocidos.

Escribir en la red, una osadía.





[1] “A salto de mata” JOSÉ MARÍA GARRIDO
editorial Lastura 2017


bienvenida tu tinta IGNACIO RIVAS



Ignacio Rivas, coordinador de la tertulia de relatos  “Luis Cañadas” de Madrid, físico de profesión, leonés de pura cepa, del que apenas sabemos algo, vuelca  su afición en la creación literaria en forma de relatista, en la cual se nos presenta como un maestro, pese a la poca experiencia, que dice tener en el arte de escribir.




CRISIS


“Hoy echaron a papá del trabajo”, escribí en mi diario. A mamá se le llenaron los ojos de lágrimas cuando papá lo dijo y mi hermano también se puso a llorar.  “¿Qué va a ser ahora de este hombre?”, decía mamá por teléfono a tía Amelia. Pero papá no se lo tomó mal. Al contrario, vio su situación como una nueva oportunidad que le daba la vida. Ahora trabajaremos para nosotros, le decía a mamá. Él se empeñó, y mamá se dejó llevar… en parte porque en el fondo de su ser siempre había guardado el anhelo de montar un negocio. Era la única manera de prosperar. Pero en lo que no estaba muy de acuerdo era en que tuviera que ser precisamente una pescadería como quería papá. “¿Qué sabemos nosotros de pescado?”, protestó. Pero él se empeñó, y cuando papá se empeñaba en algo no había manera de pararlo. Las cosas en el barrio fueron a peor: empezaron los “recortes” y las huelgas y a mucha gente le pasó lo mismo que a papá.  Y pronto se pudo ver que los sueldos no llegaban más que para comprar de vez en cuando un kilo de sardinas o de chicharros, y para el congelado ya estaban los supermercados. Total, que antes de cumplirse los seis meses, pusieron el letrero: “Cerrado por cese de negocio”

  No fueron los únicos, aquellos carteles de letras rojas sobre fondo negro empezaron a extenderse como una extraña gripe por los locales de nuestro barrio, pero papá no se rindió.  La crisis no lo iba a doblegar a él, un viejo sindicalista al que ni los propios “grises” de Franco consiguieron nunca hacerlo mirar al suelo. Un par de meses después escribí en mi diario: “Hoy papá y mamá han abierto una frutería”. “Nosotros, que nacimos en el campo, de otra cosa no sabremos, pero de fruta…”, había dicho papá haciéndole cosquillas a mamá, que se rió. Además de la fruta de temporada, trajeron variedades tropicales, de las que les gustaban a los “del otro lado”, que era como llamaban a los muchos inmigrantes que se habían instalado en el barrio. Buena idea. Pero cuando ya le empezaron a coger el tranquillo y parecía que el negocio iba viento en popa, llegaron los chinos. Y se pusieron justo enfrente. Mala uva por parte de los chinos y mala suerte para papá, mala suerte para todos nosotros. ¿Cómo podían vender la fruta tan barata? ¿Dónde rayos la compraban?  ¿Y por qué no cerraban nunca antes de las once de la noche aquellos malditos? 
 Después, la floristería.  Y sí, las flores, con las que siempre habíamos mantenido una relación distante, de la noche a la mañana entraron a formar parte de nuestra vida. ¿Cómo podíamos haber vivido antes sin aquellos preciosos ramos de rosas rosas, claveles y margaritas que tanta alegría y tan buenas vibraciones producían a nuestra casa?  Rosas a domicilio. “Una rosa, un euro”. ¿Quién no tenía un euro para alegrarle la vida a alguien? La idea era buena, y esta vez iban a por todas. “Mejor muchos pocos, que pocos muchos”, era la filosofía. Rosas rojas para la pasión, amarillas para la alegría, azules para el agradecimiento, blancas para la pureza y el amor eterno… Pero tampoco…, la gente arrastraba preocupación y amargura y no parecía estar para muchos romanticismos. “¡Sí que estamos nosotros para rosas!”, decían muchos cuando le llamaban a la puerta.
¿Cuál sería el próximo? ¿Por dónde saldrían? Mejor: ¿por dónde saldría papá esta vez? Apostábamos mi hermano y yo: una carnicería, una lavandería, una pastelería… No. Nada. Después del fracaso de la floristería, papá se fue apagando lentamente, hasta que se hundió definitivamente en el sillón. Ni siquiera el futbol, ni su colección de sellos… Papá se trasladó a un mundo de zapatillas, chándal y bata de casa, un mundo de silencio y cabeza caída.
Pasaban los días y entraban y salían policías con cartas, que papá se negaba a firmar. Algo iba mal. A mamá se le estaba poniendo el pelo blanco. ¿Qué pasaba? “Ya no me quedan lágrimas”, decía, y seguía llorando. Al principio se encerraba en el baño para que no la viéramos, pero llegó el momento que le daba igual hacerlo delante de nosotros. Y era triste verla, muy triste, pero ver a papá hundido en el sillón, quieto como una estatua de piedra, era descorazonador. “El sufre, no creáis que no. Sufre tanto que no puede llorar”. Papá no podía llorar, no… ¡ni tampoco dormir! A cualquier hora del día y de la noche podías ver que tenía los ojos abiertos. Siempre los tenía abiertos. ¿Qué podíamos hacer para traer a papa con nosotros, para aliviar, sólo que fuera un poco, su sufrimiento? Nada, sencillamente esperar, tener paciencia. Paciencia, paciencia, paciencia…, esa era la palabra estrella de mi diario en aquellos tiempos.
Un día en el colegio me enteré de que nos iban a quitar la casa. Y dicho y hecho: antes de que me diera tiempo de pensar lo que eso significaba, nos la estaban quitando. Papá se negó a levantarse del sillón. “Nos tratan como si fuéramos garrapatas”, gritó mamá a los policías con toda la rabia que llevaba dentro.  Abajo estaban los “anti desahucio”. Gente buena. Estaban con nosotros. Gritaban a los del juzgado. Se enfrentaban con los polis, se ponían delante de la puerta para que no entraran. Pero no sirvió de nada… ¡nada sirvió de nada! Los polis bajaron a papá en el sillón por las escaleras, porque no cabía en el ascensor y lo dejaron en la calle. Papa con su chándal viejo y su bata de casa y sus zapatillas de cuadros pisando el frío asfalto, ¡qué dolor!
Nos fuimos a vivir con tía Amelia y tío Carlos y los primos: Jordi y Montse, porque para eso estaba la familia… Mamá amplió su horario de trabajo: ahora no sólo limpiaba casas, sino también portales y oficinas, además de cuidaba ancianos… y si alguien le ofrecía otro trabajo, también lo cogía. Había que seguir pagando la casa que ya no teníamos. Si ya no era nuestra, ¿por qué teníamos que seguir pagándola? Nunca lo entendí. Mamá llegaba a casa muy tarde y venía siempre muy cansada y de mal humor. “Esto no es vida”, se le escapó alguna vez. Pero nunca, ni en la peor de sus horas, tuvo el más mínimo reproche hacia papá.
 Un buen día inesperadamente papá, como si se despertara de una larga y profunda siesta, dio un bote en el sillón, se puso de pie y dijo a voz en grito: 
 - ¡Agricultura ecológica!
 Para mamá, detrás de aquella “resurrección” de papá estaba la mano de Dios, el Dios que tanto se había olvidado de nosotros. Y aquellas dos palabras pronunciadas por él habrían de marcar a partir de entonces el rumbo de nuestras vidas. Y así fue como empezamos a hacer las maletas, y, con mucho dolor de corazón por mi parte, por las amigas que iba a perder, supimos que teníamos que ir despidiéndonos de aquella ciudad que tantos sinsabores había dejado en el alma de papá y mamá. Un día de principios de verano partimos hacia el Valle.
 Ya no estaban los abuelos, pero en los roperos, entre las arcas y las mecedoras de la maltrecha solana, quedaba su sombra. Olía a alcanfor, a tocino rancio, a tomillo, a orégano, a cuero gastado.  Una nueva vida estaba empezando para nosotros. Todo era viejo e increíblemente nuevo. Tomábamos posesión. Mamá abría las ventanas para que entrara la luz y sacaba las sábanas amarillentas de los viejos roperos para lavarlas, mi hermano se columpiaba en el viejo columpio, medio comido por el óxido, que el abuelo había colgado de las ramas del cerezo. Yo escribía en mi diario: “Estamos en la casa del Valle”. 
 Apareció papá con una larga escalera. Iba a colocar un ramo de laurel en lo alto de la fachada de la casa. Pensaba que con eso espantaría definitivamente la mala suerte. Cerré mi diario y en silencio me dispuse a seguir sus lentas y torpes maniobras. Sólo estábamos él y yo. El subiendo con paso vacilante por aquella empinada escalera y yo sujetándolo con la mirada. 
 “Quien pudiera volar” había dicho papá en el mirador, abriendo los brazos como si fuera un águila que volara planeando sobre las montañas y sobre el valle que se abría entre ellas. Había mandado parar el coche y nos bajamos para ver paisaje. Luego añadiría que en aquel estrecho surco entre montañas que veíamos allá abajo íbamos a ser una familia feliz. Lo dijo, y en sus ojos cansados se reflejó la dorada luz de la tarde. Mamá quiso esbozar una sonrisa y le salió una mueca de tristeza, luego miró al horizonte. 
 Cuando papá termino de colocar el ramo, se quitó el sudor de la frente con la mano y desde allá arriba me miró muy fijamente, luego sonrió levantando el pulgar derecho en señal de victoria. Yo le correspondí. ¡Pobre papá!
                                     

martes, 21 de noviembre de 2017

MÚSICA BAJO LAS AGUAS

MÚSICA BAJO LAS AGUAS es un fragmento de la obra inédita “Atados al azar”, que lleva el mismo título que el blog

“Morir, es una tragedia sólo superada por la vida. Por eso necesitamos una resurrección diferente”

” Siento reconocer que -  al contrario que el Capitán de este buque aventurero, Diego de Sandoval -, soy un cobarde, porque pre


Morir, es una tragedia sólo superada por la vida. Por eso necesitamos una resurrección diferente

 Siento reconocer que -  al contrario que el Capitán de este buque aventurero, Diego de Sandoval -, soy un cobarde, porque prefiero estar loco a la hora de enfrentarme con la muerte.



MÚSICA BAJO LAS AGUAS
Sinfonía del Nuevo Mundo n.º 9 en mi menor, Opus. 95
Antonin Dvorak (1841 - 1904)


Enseguida abandono el proyecto original.
Resulta mucho más estimulante adentrarse en lo sublime de la música, que perderse en un viaje virtual en medio de la tierra prometida.
Desde siempre me ha apasionado llegar a dirigir una gran orquesta, y emulando a Leonard Berstein comienzo a esbozar los primeros compases de  “El Buque Fantasma”,  de Richard Wagner
Senta, acompañándome con la voz prodigiosa de Renatta Tebaldi, desde el camarote contiguo, hace las delicias de mis oídos
Minutos después de zarpar me  convierto en el holandés para acompañarla en su singladura.
Todas están aquí, algunas aún antes de llegar ya tienen su  pedestal y su trono.  Se han dejado fuera los relojes y la prisa.
La tripulación del buque les dio la bienvenida a su manera.

LÉASE AHORA EN ORDEN INVERSO
EL TEXTO NO PIERDE SU SENTIDO



La tripulación del buque les dio la bienvenida a su manera.

Todas están aquí, algunas aún antes de llegar ya tienen su  pedestal y su trono.  Se han dejado fuera los relojes y la prisa.
Minutos después de zarpar me  convierto en el holandés para acompañarla en su singladura.
Senta, acompañándome con la voz prodigiosa de Renatta Tebaldi, desde el camarote contiguo, hace las delicias de mis oídos.
Desde siempre me ha apasionado llegar a dirigir una gran orquesta, y emulando a Leonard Berstein comienzo a esbozar los primeros compases de  “El Buque Fantasma”,  de Richard Wagner
Resulta  mucho más estimulante adentrarse en lo sublime de la música, que perderse en un viaje virtual en medio de la tierra prometida.
Enseguida abandono el proyecto original.


lunes, 20 de noviembre de 2017

CINCO TONOS DEL COLOR AZUL Teatro INTEMPERIE TEATRO




18 de noviembre de 2017

JOSÉ MARIA GARRIDO










Cuando su madre emprende el último viaje, Ana inicia su duelo, en cinco tonos del color azul: negación, ira, depresión, negociación y aceptación, senda que la compañía Intemperie, con esta sucesión de azules, que son la antítesis de la muerte, plantea como un juego escénico de crítica social porque “hay que darle una patada a todo, para poder seguir viviendo.” Y así se nos esboza la muerte como un trance ineludible y el teatro como una respuesta lúdica, creativa mágica. Y Ana que surge a partir del viaje paralelo y simbólico, que representan  la música, los silencios y los audio-visuales, se desdobla en Marta y Luna, pacientes de un mismo duelo interpretado de forma magistral por Marta Aguilar y Lluna Gay, bajo la dirección de Paula Ribó. En algunos momentos que se nos antojan cruciales, las dos repiten el mismo texto y el personaje se invierte; un texto por otra parte de fácil comprensión y seguimiento, aunque cargado de ironía, haciendo atractiva la obra y acercando a la vez el teatro al espectador.   





domingo, 19 de noviembre de 2017

Bienvenida tu tinta, MARIA JESUS LEZA 18-11-2017







Maria Jesús Lea, novelista, regatista, pintora, escenógrafa grabadora, Literario “Ciudad de Getafe 2000”, y por dos años consecutivos el de la “Semana Ibérica de Comunicaciones”; y ha sido finalista en certámenes como los de ”Relatos de mujer” del Ayuntamiento de Bilbao y el del “Ateneo Cultural 1º de Mayo de Madrid”. Tiene publicado un libro juvenil en la editorial ELKAR de San Sebastián titulado “Estrella de mar” y los libros de relatos “Verdi o la fuerza del sino y otros relatos sobre músicos” y “Suite Oriental” en la editorial Alpuerto.

Artista integral, pinta aquí con letras y corcheas un relato emocionante.







CONCIERTO Nº 2 PARA PIANO



 En la sala de conciertos se ha hecho el silencio. Salgo entre cajas y avanzo hacía el centro del escenario con paso firme y seguro. Se oye una fuerte ovación y saludo con una leve inclinación de cabeza con la mano apoyada en el soberbio piano de cola, luego me siento en la banqueta a la vez que echo a un lado la falda de seda roja a juego con mis cabellos y que me sienta tan bien. Miro al director. Éste me regala una sonrisa de aliento mientras alza la batuta. Entonces mis dedos comienzan a deslizarse por el teclado dispuesta a convertirme en el mismísimo Brahms interpretando su “pequeño gran concierto”, como él mismo solía llamarlo.



ALLEGRO NON TROPPO.



Recuerdo aquella luminosa mañana de abril en que acudí a la Delegación del Ministerio de Cultura. Se me había notificado por carta el resultado de las oposiciones y yo había conseguido sacar el número uno. Estaba loca de alegría. Me sentía pletórica, exultante, la reina del universo. El número uno significaba una segura plaza como pianista en la Orquesta Nacional. Mientras caminaba por la calle, mi imaginación volaba. Me veía rodeaba de artistas e intelectuales codeándome con los más importantes solistas y directores del momento,  dando conciertos y viajando por todo el mundo.

Pero ya en la Delegación y frente al tablón de anuncios, sentí que ese universo repleto de éxitos se venía abajo. Junto a mi nombre se podía leer claramente el número cinco. Me quité las gafas y el edificio comenzó a dar vueltas. Algo se rompió en mi interior como a la lechera se le rompió el cántaro. Más tarde intenté razonar con tranquilidad; no había duda de que había habido un error y los errores obviamente podían solucionarse.

Comenzó entonces el frenético peregrinaje por los distintos despachos del Ministerio. Nadie sabía nada.  De un sitio me mandaban a otro y mis numerosas cartas de protesta eran devueltas al remitente. Hasta que un día recibí una en la cual se me notificaba que el error lo había cometido el funcionario que escribió las listas. Una disculpa pueril y absurda, una burda ofensa a la inteligencia.





ALLEGRO APPASIONATO



Estaba indignada, furiosa. Aquello no podía quedar así. Decidí acudir a un buen abogado, el mejor de la ciudad, el mas caro. Recurriría a un préstamo bancario si era necesario. Una amiga me lo presentó; se llamaba Juan Luis Larrañeta y aceptó llevar mi caso con  interés pero también con cierto escepticismo.

“Veo este asunto un poco difícil y complicado pero veremos que podemos hacer, me dijo”

A las dos semanas volvió a citarme en su despacho. Una vez allí me notificó que el caso no tenía solución y que me olvidase del incidente, ya que él había contratado un detective y éste había averiguado que  el número uno se lo habían dado a un sobrino del ministro de Cultura. “¡Vaya escándalo que voy a armar!”, Salté yo temblando de indignación. Voy a escribir a todos los periódicos y acudir a los medios de comunicación.

“No lo hagas, Silvia. No tienes pruebas. La única que teníamos, la carta del Ministerio, ya no nos sirve. El funcionario no era tal, sino un empleado proveniente de una empresa de empleo con contrato temporal. Ya no trabaja en el ministerio y está ilocalizable. El único testigo que podía testificar a tu favor. Todo lo que intentes hacer puede volverse en tu contra”, me advirtió.

“¡Entonces dime el nombre de ese hijo de puta. Quiero decirle a la cara todo lo que pienso! “Ni lo sueñes”, me contestó, “Por lo poco que te conozco y tratado, intuyo que eres una mujer apasionada e impulsiva, temo que cometas alguna tontería”

Ofuscada y llena de indignación le lance una serie de amenazas e insultos.

“Además de impulsiva eres vanidosa y estás llena de soberbia, me dijo sin inmutarse con su frialdad habitual.”

Entonces recurrí al arma que me quedaba, rompí a llorar recurriendo a las  lágrimas de cocodrilo.

No sé si mi fingido llanto le conmovió o influyó que aquella mañana me había puesto mi mejor vestido y me había maquillado con esmero, el caso es que finalmente me reveló el nombre del miserable.

Se llamaba Sebastián Andrade y en realidad era sobrino de la mujer del ministro, por eso no llevaba su apellido, trabajaba como profesor en una academia particular de música bastante conocida,  la Academia Santa Cecilia.

Al  despedirme de Juan Luis Larrañeta y antes de salir del despacho, le planté un beso en la mejilla, él sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió el carmín con una sonrisa un tanto cínica. “Espero que no cometas ninguna locura, Silvia”.









ANDANTE

Medio escondida detrás de un árbol observé que los profesores eran los últimos en salir de la Academia Santa Cecilia e que invariablemente acudían a un café  muy cerca de allí.

Los profesores eran cuatro, dos hombres y dos mujeres. Uno de ellos estaba descartado pues me pareció bastante maduro, el otro de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos debía de ser sin duda Sebastián Andrade. Era bajito, moreno, me recordaba vagamente al actor Jorge Sanz.

Al día siguiente entré en el café muy arreglada, con una carpeta llena de partituras. Al pasar junto a la mesa  donde estaban sentados dejé caer la carpeta y  las partituras se esparcieron por el suelo.

Sucedió lo que yo esperaba, él se levanto y me ayudó a recogerlas. “Por lo que veo, tú  también te dedicas a la música”, comentó con una amplia sonrisa. Luego me invitó a sentarme con ellos y me presentó a sus compañeros. Era simpático, amable y en cierto modo bastante atractivo, además sabía mucho de música, su gran mito era  Debussy, soñaba con ser un gran intérprete de ese compositor. “A mi también me apasiona Debussy”, le dije.

Desde aquel día iba a buscarle todas las tardes a la academia. Invariablemente dábamos un paseo por la ciudad y acudíamos algún que otro concierto del teatro Municipal. “Pronto dejarás de venir a buscarme, Silvia,” me rebeló un día, El mes que viene me traslado a Madrid. Voy a incorporarme a la Orquesta Nacional. He ganado la plaza  por oposición”

“¡Oh! ¡Que suerteeeee!” Exclamé, abriendo mucho la boca  fingiendo sorpresa. 

“Pero no estoy dispuesto a renunciar a ti, Silvia, no quiero perderte. Tenemos que continuar esta relación. Quiero presentarte a mis padres”, me confesó tomando mi mano entre las suyas.



ALLEGRETTO GRAZIOSO



La casa de los padres de Sebastián se hallaba en el mejor barrio de la ciudad. Decorada con exquisito gusto, el almuerzo era servido por doncellas con cofia y guante blanco. Los padres eran discretos y amables yo me había vestido con sobria elegancia para ocasión, sin abusar del maquillaje. Frente a mí estaba sentado Adrián, el hermano mayor de Sebastián. Me llamó la atención desde el principio. Quizás no era tan guapo como su hermano pero si mucho mas interesante. Era economista, adjunto al director de una importante empresa. Apenas hablaba, de vez en cuando me lanzaba una mirada escrutadora, como examinándome. Yo, a mi vez, le respondía con miradas incendiarias como mis cabellos. Después de la cena y cuando Sebastián me acompañó a casa, sentí que algo nuevo había sucedido en mi interior.

Al día siguiente sonó el teléfono. Era Adrián. Quería verme, hablar conmigo. Nos citamos en un café de las afueras cerca del río. Acudí a la cita nerviosa y a la vez ilusionada. En cuanto nos saludamos con un frío beso en la mejilla y me senté junto a él, fue directamente al grano. “Ayer, durante la cena, ¿por qué me mirabas de ese modo? me gustaría saberlo, Silvia”, me espetó, “Tú también lo hacías”, le respondí, “más bien me desnudabas con la mirada, diría yo”.

“No has contestado a mi pregunta, pero has de saber que quiero mucho a mi hermano, tú eres su novia y no voy a consentir que le perjudiques. En realidad sabemos muy poco de ti, y opino que un mes de relación no es suficiente para comprometerse con nadie, dime la verdad, Silvia, ¿Estás enamorada de Sebastián?”

“¿A qué viene este interrogatorio, quién te crees que eres?- le respondí con el corazón en un puño y sintiéndome tambalear- Te miraba en la cena por que me sentía atraída por ti, eso es todo”.

“Mira, Silvia, en mi relación con las mujeres prefiero ser yo quien tome la iniciativa. Pero sigues sin contestar a mi pregunta, ¿estás enamorada de Sebastián?”

“No, no estoy enamorada de él”-me salió seca y rotundamente.

“Entonces, ¿qué es lo que pretendes, en realidad?”

“No lo sé”- Le confesé, sintiendo su intensa mirada sobre mí y dando la batalla por perdida.

Comencé a llorar y esta vez las lágrimas eran de verdad. Con voz entrecortada le conté todo, desde el día en que acudí a la Delegación del Ministerio hasta ese mismo momento.

Entonces ocurrió una especie de milagro. Adrián me abrazo tiernamente mientras decía con una voz muy dulce. “No te preocupes, Silvia, todo va a arreglarse, yo me ocupo”



Y efectivamente así fue. Viajamos juntos a Madrid y allí me presentó a su amigo Yuri Stefanovik director de la Joven Orquesta de la Comunidad Europea, que me citó para una audición en el Auditorio Nacional del que salí  satisfecha y con grandes esperanzas.

A los diez días llamó para notificarme que me había elegido como solista para debutar en el Concierto para piano nº 2 de Brahms.



FINALE.-



Hemos llegado al Finale, un movimiento luminoso y relajado, donde todo es aire y ligereza. He superado la prueba con creces y he dado todo lo que había en mí Con un vigoroso movimiento de brazos el director marca el acorde final donde entran el pianoforte y toda la orquesta. Se han encendido las luces en la sala, Yuri Stefhanovic se vuelve hacía el público con una leve inclinación de cabeza, después me premia con una sonrisa y con un gesto ordena que me levante mientras se oyen aplausos enfebrecidos mezclados con bravos. Doy un paso al frente y saludo con una elegante y estudiada reverencia. Los aplausos y bravos parecen no tener fin. En la tercera fila veo a Adrián que aplaude y sonríe arrobado. Siento que el corazón se me va a salir del pecho, le miro y pienso si no será amor o más bien agradecimiento lo que siento. Pero pase lo que pase siempre tendré la música, ese arte insuperable y sublime que nos ayuda a salvar todos los obstáculos y todas las desgracias que nos pueden ocurrir en la vida.       

viernes, 17 de noviembre de 2017

bienvenida tu tinta JORGE DIAZ LEZA





Jorge Díaz Leza, poeta,  novelista, relatista,  presentador de radio   joven emprendedor  que juega con las letras para  encontrar unmundo mejor, nos ofrece en  esta ocasión eeste relato.



LAS GAFAS MÁGICAS
Jorge Díaz  Leza






Poco antes de su suicidio, el alemán me pidió que le guardase aquellas

excéntricas gafas de montura dorada, que su querido abuelo le había dejado

en herencia. “Con ellas puedes ver el esplendor del pasado y, a veces, el

futuro, pero eso sólo si eres muy bueno utilizándolas”. No le hice mucho caso


aquel día. Sin embargo, cuando me quedé sin empleo, me las encontré

casualmente y decidí probar. Después de todo, tampoco tenía otra cosa que

hacer. 

De este modo, como me había dicho, al atardecer, bajé al barrio de

Placa, a la terraza de ese café desde donde se contempla La Acrópolis: un sitio

donde, según el alemán, aquello funcionaba a la perfección. Pedí una cerveza,

me puse las gafas, me senté y esperé.

Un rato después, cuando me había adormilado un poco, comencé a ver

esas desdibujadas figuras que, como fotogramas pálidos de una antigua

película, se imponían al paisaje del presente. Eran como imágenes

voluminosas proyectadas en el aire, como haces de luz corpóreos que,

continuamente, atravesaban caminando transeúntes y turistas, igual que dos

mundos ajenos entre sí compartiendo el mismo espacio.

Esa tarde, vi  a los antiguos ciudadanos atenienses pasearse con sus

espléndidas túnicas y conversar entre ellos en aquel idioma antiguo. Otra, a las

legiones romanas que entraban triunfantes en la ciudad. Otra, la calle se

convertía en un bazar turco.

Al mismo tiempo, desde la televisión del café, me llegaban las noticias

del telediario: la crisis económica iba a peor, los mercados especulaban contra

nuestra deuda, el paro aumentaba día a día así como los intereses que

tendríamos que pagar. La quiebra del estado parecía inminente, cuando, a mi

lado, vi desfilar marciales a las tropas del III Reich.

Días después, en medio de la lentitud pesada de los tanques, les vi

iniciar la retirada, derrotados y cabizbajos, ante el avance de las tropas aliadas

y los partisanos griegos. Entonces, uno de sus oficiales, que conducía un

vehículo, frenó bruscamente frente a mí y, tras la montura de unas gafas

idénticas a las mías, me miró: sentí un escalofrío.

En el telediario, el primer ministro solicitaba oficialmente el rescate de

Grecia. Después, la canciller Ángela Merkel anunciaba las duras condiciones

que teníamos que cumplir, a cambio de la ayuda financiera. El oficial, sin dejar

de mirarme, exhibió una altiva sonrisa de desprecio y triunfo.