viernes, 8 de diciembre de 2017

SOMBRAS EN LA OSCURIDAD



Relato de ficción 



-¡Que nuestro dios castigue al opresor!- Exclamó Rana Shubari al poner el pie frente al mercado central de Jerusalén Oeste, allí en la parada del autobús número 24, que aún resistía estoicamente a la destrucción absoluta.
Esas palabras, en boca de una mujer joven rodeada de niños, suenan como una alabanza a los mártires de “Al Aqsa”. Solo así puede explicarse el ansia de muerte en plena vida, en plena juventud.
Se ha quedado sola, en la arena del desierto, rodeada de niños, después de que los soldados matasen a todos los hombres del campo de refugiados... - ¿Cómo se puede vivir en medio de tanta muerte? - Sus palabras son oídas por el viento únicamente. Es un suspiro previo a un amargo llanto en el que le acompaña el lamento largo y previo de otras mujeres que también han perdido todo, excepto la vida, milagrosamente.
Cualquiera de ellas puede ser la siguiente en la llamada. Puede ser enviada en cualquier momento hacia su último destino, ¿Que importan cinco minutos más de vida, en la incertidumbre del próximo paso?
A pesar de su juventud, es una mujer forjada por el sufrimiento, como sus compañeras de campaña. Ella colabora con su pueblo como sabe hacer, confeccionando ropa para los hombres... pero ahora han matado a todos los hombres... también a su hermano Mohamed.
Y a Mírian.
En el Campo de Refugiados de Yenin, [i]donde nació, aprendió durante más de dos años a amar la vida. A despreciar la muerte. A ofrecer a su pueblo, todo cuanto tenia, todo cuanto le quedaba, después de haber sido despojada de todo.
Pertenecer a la Brigada Especial “Wafa Idris”[ii] era un gran honor. Cuando la admitieron hizo una ofrenda a Alá en Acción de Gracias. Había perdido toda esperanza de futuro, pues su calendario tiene un día señalado... un día en el que alcanzaría la gloria. Viernes 129 de Mujarram del 1.423. 
A partir de entonces compartirá la gloria con sus hermanos.
Antes de cumplir veintiséis años, mucho antes, tenía ya demasiado uso de razón.
Aquella tarde, un viernes azul de Abril, día santo para el Islam, miró al cielo y le preguntó a Ala si la situación de su pueblo era justa. Desde las alturas de la divinidad, el silencio de su Dios se hizo patente. Entonces miró a la tierra... A la tierra prometida. Hacia la zona verde. A su Jerusalén arrasada. Tampoco era justo lo que el humo le dejaba ver: ambulancias cadáveres y ruinas. No. Tampoco era justo. Se abrochó cuidadosamente el cinturón, y miró su reloj, las 15, 27. Faltaban aproximadamente tres minutos para que llegase el autobús. En aquellos momentos había en la calle poca gente y mucho miedo. Todos recelosos. Todos asusta-dos.
Miró a un grupo de mujeres... cualquiera de ellas, puede ser la siguiente en la lista. Puede ser enviada en cualquier momento hacia su último destino... ¿Qué importan cinco minutos más de vida, en la incertidumbre del próximo paso?
Minutos antes, cuando se encontraba en el mercado central de Mahane Yehuda, una de ellas, se dio cuenta del gesto y salió corriendo despavorida. Tardó escasos segundos en desaparecer. Salvó de esta forma su vida y, tal vez, la de muchos más.
Tuvo que escapar. Había soldados apostados con sus armas automáticas observándolo todo minuciosamente.
 Rana Shubari [iii] había decidido convertirse en mártir. 
Había cambiado los lapiceros por las piedras y se había unido a la “Intifada”. Necesitaba un pedazo de tierra para vivir... 
Ansiaba vivir en paz, pero los tanques machacaban diariamente su ilusión hasta dejarla huérfana. En aquellos momentos necesitaba jugar como una niña, jugar como nunca había jugado.
Pero los F-16 ensordecían sus incipientes canciones y sus cortas carreras. Habían acabado entre todos con sus amigos y con sus hermanos. Cinco. Todos, absolutamente todos muertos.
También su hermana Mirían, a la que veía todas las tardes a la caída del sol, allá en el horizonte, con su melena negra y sus ojos cargados de interrogantes que no había sabido resolver. Estaba como esperándola allí.
Precisamente allí, y solo faltaban unos minutos, --- muy pocos ya ---, para el definitivo encuentro familiar.
Cuando se dio cuenta de que se había quedado sola estuvo a punto de aplazar la operación, pero ahora, sus ojos, --- los ojos de su hermano ---, estaban cargados de lágrimas, allí, a la sombra de tanta oscuridad. No cabía ya pues, la incertidumbre. La duda estaba de más. Había tomado una decisión irrevocable. Su vida no valía nada. 
Podría durar tal vez cinco minutos más, dos días quizás, pero, ¿Eso era el futuro? No. Indudablemente no. ¿Esa era la tierra prometida?
 No. Antes de cumplir dieciséis años, mucho antes. Tenía ya demasiado uso de razón, y había usado ya demasiado la razón, en aquel mundo sin razón.
                                                                                                                               
Recordó entonces aquella imagen de niña traviesa reflejada en el espejo de su cuarto, años atrás, cuando vivían en una relativa calma en el campo de refugiados de Sabra.
Entre la inconsciencia infantil y la relativa tranquilidad que se respiraba, pudo crecer a trompicones, salpicados de sangre y cañonazos...
Realmente, no recordaba cuando había sido niña, ni siquiera en una corta escena reflejada en un espejo. 
Buscó a su hermano, un año y medio mayor que ella. Le recordaba moreno, con sus ojos negros de profunda mirada, cargada de interrogantes, que no había sabido resolver... alto, bien parecido. Era todo un hombre. 
Él, la había precedido en su sacrificio y, como él, besó la tierra, mirando a la Meca antes de morir.
Algún día, tal vez pronto, otros seguirían su ejemplo.
Aunque sabia cual era su auténtico paradero, siguió buscando y buscando. Hasta un minuto antes de que llegase el autobús. Pronto estaría con él y con sus padres. Dando un ligero giro volvió a palparse el vientre comprobando que todo estaba en orden.
Volvió a mirar al cielo, pero tampoco encontró a Ala. Debía de estar luchando, entrenando a algún niño, o tal vez, preparando a los futuros mártires de Al Aqsa. El humo había cesado, pero sonaron ahora las agudas notas de la ambulancia de la media luna roja. Después unos disparos deteniendo al coche... miró a la Meca.
La tenía demasiado cerca para verla. El polvo, las ruinas y los olores a orín y a cadáveres amontonados, invadían todas sus excasas ganas de vivir.
Sudaba. Aunque su sudor no se debía al intenso calor del medio día. Ella lo sabía bien. Sudaba de la misma forma que cuando recibió el encargo de Yusuf, uno de los jefes de “Las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa”, grupo vinculado al partido gubernamental Al Fatah, para autoinmolarse ese día, precisamente ese día que por fin, había llegado ya.
¿Cuantos maestros en el valor había tenido ya desde que decidió entregarse por su pueblo? Pensativa, fue posando su memoria sobre el rostro de cada uno de ellos, los más cercanos... todos patriotas árabes. Pensó en las tres mujeres de su mismo grupo que la habían precedido. Eran realmente mártires. Siempre había estado orgullosa de ellas.
Sudaba, mientras los sionistas ultraortodoxos del barrio contiguo preparaban la fiesta a su Dios, el sagrado Sabath y ella, mientras tanto, no tenía paz, no tenía Dios, no tenía tierra, no tenía nada.
Pero como ellos, también se sentía orgullosa de pertenecer a su pueblo.
Cuando los soldados pasaron a sangre y fuego a sus padres, ella decidió tomar como padres adoptivos a Yasir Arafat, y a Wafa Idris. Eran un gran ejemplo para ella. Eran, en realidad, los padres del Estado Palestino, un estado que al final tendría que florecer, pese a la oposición de los americanos y de los sionistas, sobre el rojo de su propia sangre.
Aunque todos los hombres habían sido asesinados, su embarazo no era esta vez de vida, sino de liberación. Palpó el cinturón que llevaba adosado a la cintura comprobando que estaba listo ara ejercer su función.
Tenía la mente en blanco. Tan blanca como la nube de polvo del desierto. Aquella nube que por la mañana la había acompañado desde el Campo de Refugiados, --- el Campo de concentración o de exterminio --- hasta el centro de Jerusalén, por el camino de Burquim, un pequeño pueblo situado solo a cinco kilómetros, que se hace normalmente a pié, sorteando las minas, en las carreteras principales. De aquel campo solo quedaban cenizas y recuerdos tras el asedio de las últimas semanas. Y eso era lo que ella tenía en la mente en aquellos instantes. 
Asomaba, ya pasada la curva, el autobús de la línea número 24, el que le llevaría a su último viaje. Su mente se quedó en blanco. También su cara palideció tenuemente. Poso una mirada tranquila en el ultraortodoxo barrio cercano de Mea Sharim. En aquel barrio mísero se centraba buena parte del colectivo judío, que odiaba a Yasir.
Fue suficiente que Rana Shubari pusiera su pié izquierdo en el segundo escalón del autobús para que este terminase su viaje, para que todo el pueblo palestino saltase hecho añicos nuevamente, mezclándose su sangre, con el sudor, el hierro el odio, los gritos de dolor, y la sed de venganza en medio de la calle Haifa, tan vigilada por los soldados sionistas. El teléfono de Yusuf sonó insistentemente. Nuevas vidas deseaban ser entregadas a la causa.
Todas las emisoras del mundo mencionaron su acción en un instante, pero todas, absolutamente todas se olvidaron de decir su nombre. --- ¿Importaba realmente a alguien el nombre de una terrorista muerta?---. No. Pasó a la historia, conquistó la gloria de forma anónima, casi de forma vergonzosa, o al menos así la pintaron los medios de comunicación de los países civilizados, pero pese a todo y a todos, la Brigada Especial “Wafa Isdris”,[1] aumentó notablemente sus filas.
 “Un nuevo atentado suicida provocó ayer la muerte de seis personas que esperaban un autobús.” 
El estruendo de los aviones no se hizo esperar mucho tiempo. Sin duda castigarían nueva y duramente a los campos de refugiados, sobretodo a Yenin, de donde había salido la última terrorista.
En la amplia calle Heleni ha Malka, grupos de judios, jóvenes, se juntaban otra vez para buscar a los palestinos. Necesitaban vengar la muerte de sus hermanos. Otra vez más se repetían las carreras las detenciones, los interrogatorios a los transeúntes... Otra vez la sangre inocente del pueblo israelí se juntaba con la sangre - inocente también -, de los palestinos indefensos, y las ruinas de aquella vía, principal, que unía las dos ciudades, era testigo mudo de una singular violencia sin razón, y aparentemente sin final.
Luego el diario, que no era excesivamente sensacionalista se explayaba en las noticias de carácter político y las presuntas consecuencias de aquella inmolación, con la diferencia, de que como pertenecía a los países del Bloque Globalizado, a inmolación, no le llamaba sacrificio por un pueblo, sino simplemente acto terrorista. Pero nadie conocería nunca la historia real de Rana Shubari.
Per nadie, nadie, sabia mi secreto. Rana Shubari, tendría unos veinte años, cuando en la Universidad aquella tarde de abril, --- solo seis años antes, pero exactamente seis años ---, me trasmitió todo el deseo de paz que guardaba en su alma el pueblo Palestino. 
Ella me reveló a mí, precisamente a mí, el deseo que tenía de regresar a su país, después de haberse formado en humanidades y psicología, para afrontar una nueva vida, una pesada carga de lucha en favor de la proclamación del Estado Palestino. 
Ella, si, precisamente ella, me explicó a mí, quienes eran los señores de la guerra, y quienes eran los que realmente buscaban realmente la paz. 
Luego se fue a su país, y me dejó un hermoso recuerdo. En mi casa guardo todavía aquella media luna roja símbolo de fraternidad de todos los pueblos.
Por eso hoy, cuando ya se ha ido, cuando ha realizado su sueño, cuando se ha reunido con su pueblo, cuando he visto en la prensa el nombre de su pueblo, escrito con su sangre, he sentido una inmensa paz interior, semejante tal vez a la de todos los muertos, semejante quizás a la que puedan sentir en este momento todos los mártires de “al Aqsa”, y me he alineado por primera vez en el otro bando, en memoria y honor de la que en otro tiempo fue mi amiga Rana Shubari
Descanse en paz, y se cumpla su deseo.










jueves, 7 de diciembre de 2017

comadres



- Entre lo tolerado y lo prohibido, -  dice en su pregón el ilustrísimo Sr. alcalde Pedamio -, éste es el primer año que se autoriza aquí esta fiesta para memoria de la Santa Compaña. para que sirva de recuerdo de la severa advertencia a las adulteras prostitutas y pecadoras, – seguía –, por estar ya sí santificada con la presencia de los representantes de Dios en la tierra.
- Y en el cielo por las mujeres de buena voluntad, escapadas del infierno, para gloria de Dios, Padre, hijo y Espíritu Santo.
Yo lo oigo detrás de mi padre, perdido en la pequeña muchedumbre que se agolpa para disfrutar de la fiesta.
A mi lado hay más niños.
Un potente cohete hace explosión en ese instante iluminando el cielo de una noche primaveral. 
Reina un mágico silencio que sólo se rompe con el fuego. 
Al frente arde despacio un gran muñeco, hecho de cañas y paja atadas con cuerdas y trapos viejos de vivos colores. 
Uno de los curas a modo de “estadía” o espectro mayor, lo sujeta fuertemente.
A su lado otros dos curas, jóvenes guardianes, voltean sendos incensarios.
Las mujeres, - y algunos hombres atrevidos y disfrazados sin permiso del alcalde -, que tienen la cara pintada y visten túnicas largas, negras y amarillas. se acercan al gran muñeco y encienden cada cual su propia vela.
Unas a la espalda y otras haciendo un extraño y milagroso equilibrio sobre la cabeza llevan sacos de esparto cargados de erizos del castaño y calabazas, con los que se disponen a apedrear al diablo.
Asustado veo como se forman dos filas, mientras un intenso olor a incienso y cera se extiende por la montaña.
Ya no tengo miedo a los truenos.
El estallido de un nuevo cohete en la noche, y la orden inapelable del alcalde, basta para que la comitiva e ponga en marcha.
La sotana negra, larga, abotonada hasta el final del estadéa, apenas le deja correr, y tropieza y cae, y se levanta. 
Y vuelve a caer varias veces, pero se revive, y sigue su escapada.
Aquella serpiente de fuego y música fantasmagórica, ancestral, se escurre despacio ladera abajo, hacia el río, mientras vuelan erizos y calabazas hacia delante.
A medio camino, al llegar al viejo puente de piedra, se detiene.
Echan de menos a Aurora y al Anizeto. 
Ya son mayores, aunque no ancianos.
No están entre los disfrazados.
Un nuevo estampido en el cielo confirma su sospecha, su ausencia.
Se ha levantado viento, pero no llueve.
Los cuatro elementos se conjuran.
El mayor de los curas, el más viejo, el estadéa, se encarama sobre una roca de pizarra,  en un extremo del puente, y acecha.
Desde abajo le vemos con nitidez 
Tiene un aspecto siniestro.
Con la mano izquierda levanta la cruz de madera negra. con la derecha, la antorcha que ilumina el cielo. 
Aúlla como los lobos, para llamar a los ausentes. 
Después de nombrarles tres veces, en espaciadas secuencias, y sin que haya respuesta alguna, la comitiva pone otra vez en marcha a ritmo de gaitas y de tambores. 
Su sombra se hace larga como la de los  siete acebos que abajo coronan una especie de atrio, donde otro grupo de músicos recibe a la comitiva.
Abajo, en el centro a modo de altar, - donde nos encontramos -, una gran mesa de piedra  sobre la que descansan varios sacos de castañas y dos grandes toneles de vino.
Cada mujer, atada al refajo, lleva una vasija que hace sonar al ritmo de la música, en la que dará de beber a su hombre.
Aurora y Pepe Dieguez no aparecen, y el cura sigue aullando desde la roca, entre los s sonidos de las vasijas, de los tambores y de las gaitas.
Silencio.  Llegan los hombres.
El Alcalde Pedamio, el único  sin disfrazar, aunque con su traje y sombrero negro,   es el último en entrar en la explanada y alzando la Bara de mando, señala al viejo cura, pidiéndole permiso.
Él baja la antorcha y la cruz, en forma de asentimiento, que es saludado con la explosión de un nuevo cohete. 
Entonces, los dos ausentes hacen su entrada en el atrio cada uno por un extremo.
Ella aporta el jarro de vino y los erizos, él la azada y la guadaña.
Son recibidos con un enorme aplauso y se enciende la fogata en el centro de la  explanada.
Los curas y el alcalde presiden la ceremonia. 
Las castañas al fuego se hinchan y crecen como la vida, hasta que estallan como la muerte, pero el vino resucita a los muertos y anima la fiesta.    
Mi padre me da un puñado de castañas, y yo lo siento como si fuera un sueño, pero no me deja beber. 
Dice que el agua es mala con las castañas asadas. 
Yo le hago caso.
Acabadas las danzas y la comida, subimos hacia la aldea, deprisa por temor a la lluvia y a los lobos.





lunes, 4 de diciembre de 2017

CINE LA LIBRERIA



Nadie se aburre en una librería, porque nadie se siente solo, pero mucho menos en esa obra hecha de ilusión y esfuerzo como en estos 110 minutos que dura la última película de Isabel Coixet, basada en la novela homónima de Penelope Fitzgerald, y que fue premio a la mejor adaptación literaria de la Feria del Libro de Francfort 2016, en la que la protagonista Florence Green, interpretada por Emily Mortimer pone en marcha la primera librería de la zona, una peligrosa misión, a la que se oponen los caciques, pues leer hace pensar a los lectores; una utopía que será contada por la joven Christine interpretada por  Patricia Clarkson con la pasión que deja el rescoldo de los libros.






domingo, 3 de diciembre de 2017

el autor








Añadir leyenda

En estos 112 minutos de buen cine español, estrenada en el 2017, el director  de caníbal, Manuel Martín Cuenca nos ofrece en “El Autor”, el resultado de un juego entre la literatura y el cine, una mezcla explosiva de frustración y envidia, en la que su protagonista, Álvaro, interpretado por Javier Gutiérrez, deambula entre la falta de imaginación, y la mentira, entremezclados de forma magistral, mostrándonos a un  personaje que quiere y no puede ser escritor, con los consejos de un profesor de literatura encarnado por Antonio de la Torre, que actúa como ideólogo a través del corto pero fundamental papel de profesor de literatura, frente a su mujer Ananda, interpretada por María León, escritora de éxito, a la que envidia. Interviene entonces otro factor: el hastío. Álvaro concluye quecualquier medio, vale para lograr el éxito y manipula la realidad a su antojo, para lograr el desenlace acorde con su conducta., sin olvidar una soterrada y punzante crítica social. Es en suma una película de carácter sutil e intimista que te va llevando por un guion comprensible hacia un final inesperado.



























jueves, 30 de noviembre de 2017

la letra ausente



Microrrelato incluido en la  Antología del II CONCURSO INTERNACIONAL DE RELATOS BREVES CIUDAD DE LA CORUA





Su piel se deja acariciar.
Desde su llegada, sus mentes y sus pies caminan a la par.
¿Qué hace realmente allí?
La espera es larga y la busca en su vida dedicada a investigar… 
Y nada.
Su impacienta es mi impaciencia-
Y crece.
Tienen que disfrutar de aquél instante que se escapa, aunque sea para buscar la letra que les falta.
Me mira.
Destaca su paraguas verde que la separan de la multitud, y el clavel en su melena rubia.
Sabe que aun puede  jugar,  vivir, amar y escapar…  
Huir en busca de su meta: la  letra ausente.
Camina, salta, vuela. 
Sabe  que es inútil mirar atrás.
Quiere escapar de aquella búsqueda encantada,  hablar sin esa letra. Bailar sin música, sin danza.
¿La hallará antes de que se acaben  su paciencia y  la mía?
Impasible, salta, vive, la busca y me pregunta
- ¿la ves? ¿Sabes cual es?
- ¿Y tú?

              




miércoles, 29 de noviembre de 2017

REVISTA LITERARIA EL DESVAN TORREJON DE ARDOZ, UNA INICIATIVA SALUDABLE




SE HAN DESHECHO LAS PALABRAS



Se juntan las noches en tu lecho 
húmedo de niebla
es la oscuridad  
después de dejarme huérfano la luz
y ya no queda nada,


Sólo esa mezcla que yo no puedo ver
el agua y la tierra, solo barro, 
barro de la vida y de la muerte
en medio de un zumbido que no es música



Se han deshecho las palabras 
ahora innecesarias,
y me inunda un vago sueño,


Y pienso en ese fin del fin,
 que nunca llega
ahora que he superado los relojes 
y se ha roto el tiempo de pensar.


Voy contando cruces a mi lado 
y me traiciona el signo de sumar
me atormenta este bosque de cipreses 
que me envuelve 
para dar la bienvenida
a los que aún no han llegado

lunes, 27 de noviembre de 2017

ME GUSTAS ASI


Tuvimos   el honor  y disfrutamos del placer de ser invitados a participar  en la COPA DE LETRAS EN CALATAYUD, que desde hace  añós y con gran éxito organiza  la poeta bilbilitana Blanca  Langa, a la que agradecemos su gesto
 en el que leimos entre otros estos poemas



1.   ME GUSTAS ASÍ MUJER





Me gustas así mujer
sentada,  hacia el poniente
dándole la espalda sin piedad 
a todos los futuros


Me gustas así mujer, 
salvaje y seductora

Vestida de seda y luz
recogiendo con la dulzura de tus ojos
todos los recuerdos 


Me gustas así mujer, 
imprevisible y libertaria
observando desde tu diabólico
trono de estrellas, el mar enfurecido
y la sombra de todas las montañas














2.   BAILARINA


A tí que presides la noche en rosa,
y la luna responde a tus caprichos,
a ti te canto, 


Es el viento el que danza a tu alderredor,
mientras  pintas dibujos celestiales 
en mi escenario


Déjame ser al fin astro perdido
a lo largo de tus cielos  de tormenta
no escondas ni tu rostro ni tu sed

En el vuelo alocado del deseo,
pues ya sé de la amargura de tus lágri,mas
pero al fin, baila

domingo, 26 de noviembre de 2017

LA PELÍCULA


Todos sabemos que el hemisferio derecho del cerebro controla la parte izquierda del organismo. El quiasma es el órgano donde se produce el cruce de los nervios para ejercer este intercambio.
La sala de cine es confortable.
Con Adriana, suelo venir muchas veces.
Es preciso mucha atención
-      ¿Cómo se titula la película? 
-      “Una mujer fantástica” -, me dice Adriana sentada a mi derecha
Se apagan las luces, mi cerebro se pone a pleno rendimiento.
-      Como tú.
-      Si, pero yo no soy bisexual como Marina.
A veces el cerebro se vuelve loco.
Un hombre de unos cuarenta años se coloca a mi izquierda.
Marina, la protagonista, que parece toda una mujer, reclama mi atención.
Adriana, a mi derecha, me coge la mano con ternura.
Poco a poco, la película se va volviendo complicada. 
¿Ella es realmente una mujer? Lo parece.
Mi cerebro se rebela.
La protagonista desde la pantalla, en un primer plano me mira fijamente.
Mi cerebro me avisa.
Acaricio la mano de Adriana.
Es una escena excitante. Pero termina mal. 
Horacio, el protagonista masculino, sufre un infarto.
Yo estoy a punto.
Es mi mano izquierda.
Recuerdo que cuando era pequeño me echaron de aquella escuela porque me gustaba jugar con las muñecas. Pero eso paso enseguida.
¿Se ha roto mi quiasma?
Calor tibio.
Separo mi mano bruscamente. Me dan ganas de abofetearle.
Pienso en la otra mano.
Miro a Adriana.
-      ¿Qué pasa?
-      Nada.
Vuelvo a separarme de la mano de aquel hombre.
Más calor.
Con su mano izquierda me acaricia intencionadamente, pero no me mira.
En silencio pido socorro, pero nadie me auxilia.
No soy capaz de dar calor a las dos manos.
Intento soltarme de la intrusa.
No puedo.
Otra vez el calor.
Ya no sé cuál es la mano que me quema.
Sudo como Horacio antes de morir.
Ahora el calor es diferente. 
Cierro los ojos
Las dos manos me sueltan bruscamente, mientras un estrepitoso bofetón suena en la sala
Mi vecino se levanta.
Respiro.
-       ¿Qué pasa?
-      Nada.

Marina insiste en ir al funeral de Horacio.
Me dejo llevar hasta los créditos.
Se encienden las luces.
Cesa el calor, pero sigo sudando.
Se ha ido. 
Estamos solos en la sala.
Cuando llegamos a casa Adriana me lo suelta:
-                     ¿Me lo cuentas tú o te lo digo yo?
He cogido un resfriado del sudor.
 En casa hay paracetamol.