Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de marzo de 2018

PILAR FERNANDEZ CASADO, Bienvenida tu tinta


Entre la nostalgia y las fronteras de la a antropología nos visita hoy una escritora gallega Pilar  Fernandez Casado que nos muestra en este relato  su visión delo antiguo sagrado cosmo  vital, como diría el filósofo Paul Ricoeur.



AS MEIGAS, EN CONCIERTO.



 

Boas Noites Celanova!. Su voz sonó grave en el claustro del Monasterio de San Rosendo. Él había elegido este enclave con esmero, su sonoridad era increíble y le parecía un lugar muy sugerente ya que convivían en gran armonía Carlos I, Felipe II, Juan de Austria, monjes benedictinos y figuras oníricas. Su belleza era inigualable y mágica. Estaba encima del escenario y por un momento recordó su Villafranca natal, su primera visita al monasterio cuando era niño y el amor que sentía por los poetas que había visto nacer este pueblo, sus queridos Curros Enriquez y Celso Emilio Ferreiro. Sin embargo, empezaría el concierto con Rosalía. Se sentía como un trovador medieval, la emoción le atenazaba y por un momento dudo de si su voz estaría a la altura de tan bellísimo encuadre.

Tocó los primeros acordes y el alma se le encogió: ‘Campanas de Bastabales, cando vos oio tocar, mòrrome de saudades’…Los aplausos sonaban y su guitarra volvía a envolver la noche, feliz… su voz sonó de nuevo  ‘si cantan eres ti que cantas, si choran eres ti que choras…’. El concierto discurría y las canciones se sucedían en su garganta casi sin descanso’’. Estaba poseído de la belleza de la noche, de la lírica y la magia y casi sin darse cuenta llegó a la última canción, Maria Soliña, Sonaron los primeros acordes de la canción y el público se levantó y comenzaron a cantar: ‘polos camiños de Cangas, a voz do vento Xemia, que soliña quedaches Maria Soliña’…Mientras cantaba miró al cielo y sus ojos se posaron en las gárgolas del claustro y  sorprendido vio como las meigas bailaban con sus escobas la canción de Maria Soliña. ¡Qué magia tenían las piedras del Monasterio!.  
Aquella noche de Agosto, Carlos e Iluara habían decidido ir al concierto que Amancio Prada daba en el monasterio de San Rosendo; El esperanzado, ya que por fin podían salir una noche, Ella preocupada por si el hecho de alejarse de casa invocada otro maleficio. Habían sido meses muy duros y los dos sabían que necesitaban un respiro.  
Cuando llegaron al claustro se quedaron prendados de su belleza, mientras admiraba el enclave Iluara pensó que quien lo diría, ellos que habían sido tan roqueros, yendo a un concierto de un cantautor, que aunque les gustaba desde la juventud nunca se habían interesado por verlo en directo. Amancio subió al escenario y a Iluara le pareció un hombre muy atractivo, su camisa blanca le quedaba bien a su cara fina y delicada. Los acordes de la guitarra comenzaron a sonar, la voz de Amancio se apoderó del claustro y las lágrimas empezaron a deslizarse por las mejillas de los dos. Iluara mezclaba el llanto con una risa nerviosa, ¿Por qué lloraban?. Quizá la poesía era en estos momentos demasiado para su agudizada sensibilidad, quizás les era muy fácil fusionarse con los poemas que hablaban de marchas, pérdidas, duelos, soledades y amores. Su  compartido dolor se entremezclaba con la poesía. Estaban con las manos agarradas y enzarzados cada uno en su peculiar batalla emocional, cuando escucharon las notas de ‘Maria Soliña’, al unísono alzaron sus ojos al cielo y contemplaron como la luna iluminaba las gárgolas del claustro y un espectáculo sobrecogedor: las meigas bailando sobre sus escobas la canción. Se miraron y casi al unísono recitaron una plegaria: bailar, bailar y dejar de jugar con nuestra vida.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Bienvenida tu tinta, ASUN PAREDES



Asun Paredes médico pediatra sevillana,  especializada en el arte de  la  palabra  breve, se nos
presenta hoy  con su relato  ganador del  premio  DORREMICROS VIAJEROS DE ME SUENAN TUS  LETRAS  DIVISION  MADRID , con eltema  "negocios familiares"

TODO QUEDA EN CASA




Desde que el abuelo cerró la charcutería y montó la única funeraria del pueblo las cosas no nos pueden ir mejor.  El negocio parece que está pensado a la medida de nuestra familia, antes tan descarriada. Ahora da gusto vernos a todos juntos, entregados a nuestra verdadera vocación.  La abuela hace unas coronas preciosas con las flores de su invernadero. Empezó con las rosas pero ya solo cultiva crisantemos porque salen más económicos y la mayoría prefiere ahorrar en esto. Total, como ella misma les dice, para lo que van a durar. Mi hermana dejó la peluquería, aburrida de tanta vieja gruñona, y se apuntó a un curso de tanatopraxia que le costó un ojo de la cara. Desde que lo terminó está entusiasmada, peinando y maquillando clientes que no se quejan nunca de los resultados. Mamá, tan habilidosa con la aguja y el hilo, tiene la trastienda llena de encargos. Lo mismo les remienda el traje que sutura una herida de arma blanca para que vayan presentables a su último viaje.  Papá y el tío se ocupan de que no nos falten clientes. Siempre han tenido fama de matones y se lo están tomando tan en serio que dentro de nada tendremos que poner sucursales en el pueblo vecino. El nuestro se está quedando desierto.  Pero el éxito profesional más destacado es el mío, con diferencia. Era la oveja negra de la familia y cuando empecé con los microrrelatos me dieron por perdida. El día que vinieron las musas a verme redacté un epitafio que dejó a todos boquiabiertos. Ahora estoy que me salgo, escribiendo pésames ocurrentes y aforismos de consuelo que vendo a buen precio en los velatorios, cuando decae la conversación y ya nadie sabe qué decir. 

martes, 6 de marzo de 2018

LOS CUATRO DEDOS por JOSE MARIA GARRIDO






Todavía re­suenan en mis oídos las suaves marcas de cincel separando la placa de yeso del lienzo original. 
Con cada golpe de cincel, certero, irreparable, varias gotas de sudor. 
De mi delicadeza, de mi paciencia, dependía la recuperación de una obra de arte, porque en aquel lienzo de la cara sur, estaba apareciendo el retrato de una reina. Leonor de Aquitania. Por fin quedó al descubierto.  Ahora, estudiosos e turistas,  todos pueden contemplar en la pared  sur de éste Monasterio, su expresión radiante e delicada, como si siguiera estando viva.
Fue el principio de una utopía. Pero sabíamos que había más.  Por eso ahora pasados ya tres años, volvemos a visitarlo para dirigir su rehabilitación.
 Ya no sólo me interesa la pared sur. Hoy se trabaja en una de las naves laterales. Se están desmontando las arcadas, piedra a piedra. Ha sido un largo proceso de identificación, marcaje, apuntalamiento, e almacenado de las piezas. Después habrá que armar todo el rompecabezas.
El fuste de la columna número siete, que ha sido desmontada totalmente, tiene adosado un “Ecce Homo” vigoroso, sobre un gran sarcófago granítico que le sirve de sencillo pedestal, sin filigranas, sin firma e sin fisuras. En las otras tres columnas, aun en su lugar, las esbel­tas imágenes de Judas, Pilatos e Barrabás aparecen mirando al Hombre. Arrepentidos, en una composición majestuosa.
En los cuatro meses cuyo nombre no lleva la “R”, e en las noches de plenilunio, -según mis propios estudios confirmados por el Abad e otras fuentes fidedignas -,  a la hora nona, cuando ya el trabajo se acaba, un rayo de luz se filtra desde el rosetón, e in­cide sobre el sarcófago. Fenómenos similares a éste, se repiten en otras construcciones de la época, e es que los escultores, los arquitectos, los maestros canteros de la época eran alquimistas, pitagóricos, buscaban la luz como el sentido de la vida, que venia e uba de nuevo al mismo punto. e guardaban celosamente las formulas matemáticas con las que conseguían estos efectos.
A esa hora como la luz, mis ojos buscan el reposo en  esas sombras.
Al lado de la Epístola, una Piedad, tal vez olvidada, no por ello menos regia, contempla cuanto ocurre en su derredor.
Por las circunstancias, la nave central al­berga pocos bancos. En uno de ellos tomo asiento muchas noches  e miro atentamente a aquel sarcófago. Sé que nunca están va­cíos, ni siquiera después de ser saqueados; siempre guardan algo, aunque solo sea el color oscuro de la muerte.
Una idea ronda en mi cabeza, Su contenido Tendré que emplearme a fondo. Identificarlo, com­probar si hay otros iguales, si forma parte del grupo escultórico, o
es una pieza separada, desmontar ese nicho de vida e muerte, estu­diar el proceso de separación e apertura, e diseñar un protocolo de conservación del contenido. 
Cada hora, según el calendario litúrgico, el rayo de luz señala un punto estratégico. En maitines enseña la puerta de acceso al claustro. Al Ángelus, apunta al Sagrario. Todo está reglado. A cada tiempo su labor. A la hora nona señala el misterio.Llega una noche más, e sigo sacando fotos, desde todos los ángulos posibles anotando la hora e el minuto de la escena,  a la luz de ese rayo pode­roso. Horas e horas, tirado en el suelo, sin dañar los pies del Cristo.Y todo sólo  por una sutil intuición.
¿Qué  esconderá?
¡Que penitencia más dura para encontrarlo vacío!
La “Piedad”, me observa como a un loco impaciente. Es más pequeña. Compruebo de inmediato que bajo sus pies no hay nada más que un pedestal de  granito. No es un sarcófago. Bajo las otras figuras tampoco hay ninguno.Los ojos del Ecce Homo delatan su secreto, pero yo no sé descifrarlo.
Me  vence el sueño entre números: 35 x 56 x 105. Es un tamaño considerable. Pero me llama la atención el hecho de que sus medidas sean todas múltiplos de siete. El siete es un número simbólico. No soy supersticioso, pero seguramente los ángulos respecto a la horizontal e a la vertical de la nave serán múltiplos de siete. como siete son los escalones que la separan la planta principal del suelo.
Tres meses de trabajo intenso, delicado, noventa noches de insomnio… horas de sacrificio arrastrado en la tierra a los pies del Cristo, buscando su huella, su misterio. Ahora  está ya todo dispuesto. Es la hora de la luz. En la nave central he dispuesto una mesa de madera recia, sobre la cual  reposa el sarcófago.  El Cristo e la  Piedad, parecen impacientes.Es la hora del Ángelus. El sol apunta al Claustro.
Procedo con ayuda de varios operarios, a levantar la tapa del  sarcófago.
La depositamos en la mesa, cuidadosamente, mientras comienza a sonar el “Laudate Domine”. Los arqueólogos e los monjes forman un coro celestial de voces inolvidables. Eternas.El tiempo se ha paralizado.
Un lienzo, envuelve escrupulosamente algo. Está atado con una cinta de algodón de siglos.  Amarillenta.  Nudo sencillo. Entre mis manos se vuelve sagrado.  Suelto el lazo. Extiendo el paño sobre la mesa. 
Un pergamino.
Letras. Castellano antiguo.¡
e me han olvidado las fotos.
Cesa en canto, e todas las miradas aprietan las letras sobre la vieja piel…
La leyenda es corta. Diez líneas. La tinta ocre. Los trazos gruesos.
Mil años de historia sobre la mesa

"Pidió el Valeroso Conde Wilfredo el nombrado el Velloso al emperador Obeluis que le diese armas que pudiese traer en el escudo, que llevaba dorado e sin divisa, e el emperador viendo que había sido en aquella batalla tan valiente e que en ella muchas llagas recibiera, llegose a él, e mojóse la mano diestra de la sangre que aún salía de sus feridas, pasó los quatro dedos ansí ensangrentados encima del escudo dorado de alto abaxo, faziendo quatro rayas de sangre., e dixo, estas serán vuestras armas, Señor Conde un condado tendréis  por vuestra  valentía, e aquestas de la diestra de la Hispania  serán las vuestras tierras, et non pidades más. “

-Todos estamos sorprendidos. El hallazgo de este pergamino es un acongtecimiento científico de enorme magnitud. Por eso la noticia no se hará pública hasta que no se haya descifrado.  Se tomarán del mismo solamente tres instantáneas para su estudio. Si es necesario luego se harán más. Mi  voz es conc,luyente.
Vuelvo a enrollar el pergamino e a colocarlo en su lugar.
Todos mostramos nuestro respeto, e a la vez intuimos que es de valor incalculable. 
En el equipo que trabaja en éste Monasterio prerrománico hay arqueólogos, calígrafos, escultores, restauradores, historiadores e antropólogos ávidos de empezar a trabajar. 
Es el momento del relevo.
Procedo a depositar nuevamente el pergamino en su lugar. 
De nuevo me quedo solo, sentado a los pies del Ese Homo, que ahora tiene la mirada más serena, mientras todos desaparecen jubilosos comentando la noticia.

viernes, 16 de febrero de 2018

salomé, por Jose Maria Garrido





VIERNES

Todavía no he sido capaz de digerir la última experiencia que he tenido con Clara, el viaje que hicimos a Florencia para ver el David de Miguel Ángel, en la Academia.
 Clara es una de las personas más interesantes que conozco, con él, se puede mantener una conversación profunda e interesante, salvo cuando entras en su intimidad.
Florencia ha supuesto un punto de inflexión en mi forma de entender la conducta humana, pero aunque he hecho con ella un viaje de más de cinco mil kilómetros y varios días de duración, no sé quién es.
Ella me ha ayudado a descubrirme como un personaje extraño, aventurero y temerario.
Desde que volvimos de Florencia me llama todos los jueves por la tarde, a las seis exactamente. Es su hora de teléfono.
Ayer, en su mensaje me dijo que le habian dado un nuevo permiso. 
Quiere ir a la Opera conmigo
Están representando Salomé.
 Siempre he sentido mucha resistencia a aceptar a los homosexuales, a los geys, a los travestis. No se por qué.
Pero Clara es diferente.
Dese siempre ha sentido una verdadera pasi´ñon d por descubrir el fondo de las personas, le hubiese gustado ser psicológa. GTal vez porque  conoce demasiado v bien als diferencias entre lo que parece y lo que es.
Tambien le gusta el psicodrama, el teatro, la ópera. Tiende como todos a identificarse con un determinado personaje, pero, en Salomé ¿Cuál será?, y sobre todo su acepto a ir a la opera con ella, ¿cual me asignará a mi? Porque claro, ella será la encargada del reparto.
¿Juan? 
Seré un silencio en la batuta.
Necesito un psiquiatra. ¿Pero habrá alguno capaz de comprenderme?
Por las cristaleras de mi casa acude a mi mente otra vez la noche, la turbulencia. 
Contemplo sobre mi mesilla de noche las pastillas para dormir.
¿Cuántas? ¿Dos? 
A veces no son suficientes. 
Tomaría ocho o nueve.
Entonces Clara aparece en mi memoria, y me olvido de las pastillas.
Duermo plácidamente.
El sonido del timbre interrumpe mis paranoias.
Abro la puerta del apartamento y efectivamente, es ella.
Si fuera una mujer seria preciosa. Amarillo y azul, todo contrastes.
¿O es una mujer?
­-  Hola, ¿tienes un momento?
- Sí, claro –, ¿como voy a negárselo
- Me han dado otro permiso este fin de semana y quiero ir a la ópera contigo.
Dice las cosas con seguridad, sin dejar alternativa.
- ¡Que bien! ¿Para cuando?
Yo a veces hablo de Clara como ella, y me gusta, otras veces hablo como él y me da miedo.
En realidad me doy miedo a mi  mismo. ¿Por qué? Será tal vez sea cuestión cultural, educativa, de principios o de prejuicios.
¿Y él no los tiene?
Nunca sabré la respuesta porque no soycapaz de preguntárselo.
¿Realmente me alegro de que le hayan dado otro permiso?
Para mí será otro problema, o aguzará el que ya tengo que no es pequeño.
¿Como resolverlo?
¿Um cura? No soy creyente. Me excomulgaría, o me echaría a la hoguera.
¿Un Psicólogo?  Dudo que alguna vez llegara a entenderme.
Debo resolverlo yo. Es como la muerte, solo mía. 
Solo yo puedo enfrentarme a ella.
Tomar una decisión  tajante e irrevocable, ¿Olvidarla? De momento no puedo. Todo lo demás es consecuencia de  mi  impotencia.
 - Mañana. Cinco días. más fin de semana.
-  ¿Tienes que volver el viernes?
- No importa, no me espera nadie, y mañana representan Salomé. Supongo que  con tu influencia podrás conseguir fácilmente dos entradas. Dos butacas.
Está poco acostumbrada a pedir, pero tampoco soporta que no le den lo que desea.
-  Veré que puedo hacer.
Para él eso era una aceptación por mi parte. 
Enseguida claudiqué.
No tenía ninguna duda de que yo podía conseguir las entradas.
¿Puedo quedarme un rato en tu casa?
Me coges mal, estoy escribiendo un relato, y prefiero estar solo. Te avisaré si no consigo las entradas.
- Da igual, estaré aquí mañana dos horas antes del Concierto.
A través del ángulo que deja la puerta de mi apartamento mientras se cierra, puedo ver en los ojos de Clara reflejada una profunda tristeza.
¿Como voy a dejarla?



SÁBADO


Aunque me haya negado a ir a buscarla, aunque me niegue a reconocerlo, la estoy esperando.
Ciertamente no me ha costado gran cosa conseguir las dos invitaciones para el palco de butacas del teatro.
Salomé y Clara me provocan, me emocionan, me seducen.
Falta solo hora y media para el comienzo de la representación y aunque el teatro no está lejos, yo comienzo a impacientarme.
No debería ser así, sabiendo en lo más íntimo, que debo rechazarla. Pero no puedo.
No tarda en llegar. Suele ser puntual.
El patio de butacas está a rebosar. Pasamos desapercibidos.
Me gusta el traje que lleva. 
Físicamente no hemos tenido nunca ni un solo roce. No importa. 
Lo psíquico es mucho más brutal. y despiadado. 
Es esa droga que poco a poco me va matando aunque se que se que no puedes vivir sin ella. Pero, ¿Por qué no me he podido enamorar de una mujer de verdad?
Es el mismo de Florencia. Blanco y azul. 
Entre el sol y la noche.
Me gusta la música, más si cabe, la ópera, y en esta ocasión conozco a todos los protagonistas, al Director uruguayo, a la soprano española, al tenor, ¿Herodes? ¿Su difunto hermano? Al barítono que interpreta a Juan….
El teatro se queda en la penumbra, luego un atronador aplauso acoge al Director. Este extiende los brazos para recibir la atención de los músicos. 
A mi el programa me encanta, es sugerente. En la primera parte al compás de la primera danza de Guridi esa chacona narrativa, que se repite como mi propia duda, me pregunto por que he nacido con esta ambivalencia. 
Larga meditación y un interrogante, al que Jesús Guridi me responde en la segunda con una pieza amorosa que me resulta ausente y deseada.
¿Clara? ¿Quien es Clara? ¿Soy yo mismo? ¿Es mi espejo? ¿Es mi deseo? 
Ni siquiera conozco su nombre real.
Y bailo en esa danza interminable, como un mendigo de amor, sin compañía.
Miro alrededor, nadie, salvo Clara responde a mi mirada. Conoce mi debilidad, casi como yo mismo.
Con el Fandango de Claudio Prieto mi mente sigue danzando como un mendigo, abandonado y solitario en una fiesta de miradas donde todo se conoce y se silencia.
La música me ha robado a todos los espectadores, que disfrutan al margen de mi historia.
¿Dónde está Clara?
Sí, está a mi lado, ¿pero donde?
Doy vueltas con mi mente sobre el fandango para buscarla, como un arlequín enamorado, hasta que en lo oscuro del teatro Clara vuelve a mirarme a los ojos.
Yo se la pregunta que se hace
Y mi respuesta es un cobarde silencio prolongado y huidizo
Huidizo hasta que termina esa segunda danza provocativa y amorosa.
Luego entra en escena Salomé y también me mira a los ojos, exhibiendo su cuchillo.
Un bailarín esboza las primeras acrobacias
Me siento marioneta en la batuta,
-          ¿Cuál es mi papel?
-          Todavía no estás preparado. Con más nsayos podrás representar cualquiera de los papeles de esta obra.
Su voz es sensual y baja. 
En el momento en el que el soldado levanta la espada para degollar al bautista, siento un golpe seco y la cabeza de Clara sobre mi hombro. 
El director no detiene la interpretación, pero yo noto por el pasillo un ruido de de algo que rueda.
Sudo. No puedo gritar. 
No sé como termina.
Es como una premonición. 
Nadie ha oído nada.
Alguien nos hace una señal para que nos calemos. Sigue la música., mientras cae mi cabeza sobre su vestido, como la de Juan el Bautista decapitado. 
Vuelve ese silencio sonoro e íntimo, hasta que es hecho añicos por los aplausos del público, que cierran el último compás.
Luego dos propinas cortas y más aplausos. 
Después no necesitamos las palabras; esquivando sus furtivas miradas, llegamos enseguida a mi apartamento.
- Veré que puedo hacer.
-          Para él eso era una aceptación por mi parte. 
Enseguida claudiqué.



jueves, 15 de febrero de 2018

Bienvenida tu tinta RAFA OLIVARES



 Maestro en decir mucho con pocas palabras, nos visita hoy Rafa Olivares. Este es el relato que
resultó finalista 2012-2013 en el concurso Relatos en Cadena de la SER.

NECESITAMEJORAR  

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, con rapidez y precisión, mientras que con la derecha hacía blanco seis veces en una diana a cincuenta metros. Simultáneamente, mantenía en equilibrio, sobre su nariz, una vara de bambú sobre la que rodaba un plato a la vez que, con un pie, daba incontables toques a un balón de cuero sin que le cayera al suelo y en la otra pierna giraba un aro sin parar.
No fue suficiente para ascender a Sargento. El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada.



miércoles, 14 de febrero de 2018

EULOGIO


--- Sí, Begoña, déjame que termine este capítulo. Sabes que estoy enganchado desde los once años… y ésta es una enfermedad maravillosa e incurable.
--- Pero llevas tres horas leyendo.
--- Es que es muy interesante. Se trata de la historia de … 
Ella no me entiende. Si se marchara podría terminarlo. 
El claustro es el único que en su día estuvo cerrado para proteger los frescos originales. Sus cuatro calles se distinguen por el artesonado de su bóveda y por las columnas que lo aprisionan. Marcan los tiempos de la historia. Del gótico al barroco. En el patio central, la torre siempre quieta, los relojes de sol y el cementerio de los monjes. 
Silencios, oraciones y pisadas sordas. “Ora et labora”. Reza y trabaja. 
Entre sus trabajos está guiar al visitante. El hermano Eulogio motiva al neófito a sumergirse en los misterios de la historia. La convierte en algo apasionante.
El monasterio está cargado de luces y de sombras, y la vida en él, aun­que simple, despierta mucha ¿curiosidad? 
Caí en la tentación nada más tras­pasar el arco de la entrada. El túnel, que da al claustro prin­cipal, deja atrás otro pequeño rechazado por Isabel de Castilla. ¿Por qué lo rechazó? El hermano Eulogio se reserva la respuesta. Para gus­tos y silencios hay colores, pero además debe haber otras razones
Están en continua reforma. Ahora toca el coro de la capilla central. Seis años... Pero el sonido de la campana no se confunde con el ruido de los martillos… Las horas vuelan. Las nubes en el cielo dibujan un futuro de eternidad rojizo y vivo.
No sé por qué recordé a Umberto Eco y los alquimistas… Claro, la biblioteca. No se puede preguntar allí por una cuestión tan banal, pero el hermano Eulogio conoce perfectamente las curiosidades de los necios.
--- Aquí también tenemos una biblioteca. Sin duda ustedes habrán leído El nombre de la rosa. ¿Les duele la curiosidad? 
Mis ojos se dilataron como platos... Ha leído mis pensamientos. 
--- Aquellos libros son de película, como algunas vidas... En los conventos normales, sólo se enseña la biblioteca cuando está muerta. La nuestra no se enseña, además este convento no es nor­mal, tal vez por esta razón permanezca viva.
Me deja con tres palmos de narices y bastante más curiosidad. El grupo avanza unos metros. Yo me quedo pensando en su palabra... Él me alcanza en un instante, y continúa:
--- Pero usted tampoco es un visitante normal. ¿Es periodista?
--- No. Soy escritor...  Además, me gustaría quedarme un par de días y conocer la vida en el monasterio.
--- Bien. En ese caso hablaremos mañana. Busque al hermano Martín. Es el hospe­dero. Le conocerá por su barba.  Es de película. --- El hermano Eulogio muestra cierta complicidad.
Martín aparece al instante tras la estatua de un ángel. Es bajito y tiene una barba blanca y luenga. El trámite para pernoctar es rápido. Hay celdas libres. No todos los días ocurre así. Es un hotel de cuatro estrellas, pero no tan caro-
--- De los ocho locos que formamos la comunidad ---me dice el hermano Eulogio, dos están en el hospital y uno de ellos ha ido a visitarles. 
En un principio me resulta extraño comprender cómo son sólo ocho los herma­nos que forman aquel cenobio. Luego advierto que tampoco hay demasiados valientes como para soportar esa vida, llevar ese hábito y ser felices al mismo tiempo.
¿Qué tiene ese hábito que me atrae tanto?
La noche larga, fría e intensa se me escapa. Espero con ansiedad el toque de la campana, Maitines. Tras el rezo, un suculento desayuno. Luego comienza la esperada visita. El comedor oculta tras un armario una puerta estrecha y baja que da acceso a un oscuro corre­dor… Para acercarse a Dios y a la cultura, ha de hacerse con humildad, agachando la ca­beza… 
--- ¡Ya sé por qué las puertas eran tan bajas! 
La escasa luz natural de unas diminutas y aleja­das ventanas, va señalando un tortuoso camino. Como en el libro de Eco.
Otra puerta de roble se abre… Ante mí se extiende toda la sabiduría de más de cinco siglos ordenada en anaqueles de la misma madera
---Es lo que buscaba, ¿no?
Es una biblioteca como cualquier otra, llena de luz, pero con una singular diferencia. Su contenido es único.
Un monje lee ajeno a los visitantes. Es de mi estatura. Parece joven. Mantiene una postura fervorosa. No ha estado en el rezo ni en el desayuno. Allí había cinco, más dos enfer­mos y uno de visita, suman los ocho miembros de la Comunidad… Las cuentas no me salen y la cabeza me da vueltas…
--- No se preocupe --- Eulogio ---, tiene vida eterna. Lleva mucho tiempo dándonos ejemplo. Es un antiguo cartujo. No hablará. Jamás terminará de leer esa obra.  
Acto seguido me ofrece una silla y un libro, “San Bruno, Fundador de los Cartujos. Seis de octubre del año 1.101”. Anónimo. Lo cojo con delicadeza, lo abro por cualquier página y leo con dificultad: 
“Por aquel tiempo había sido nombrado Papa Urbano II, discípulo de Bruno…”
Me está robando el sitio. He de preparar mi plan. Tengo veinticuatro horas. La decisión está tomada. Queda ejecutarla.
Pasada la hora nona, regreso descalzo, descuartizo al monje, me­to su cuerpo de cera en una bolsa de basura, me enfundo su hábito, y arrastro su cuerpo hacia la capilla. Allí otros sacos iguales guardan mi secreto. 
Luego regreso a la Biblioteca y leo. Hasta quedarme dormido. Está claro que yo no tengo vida ni paciencia eterna.
--- No es una buena forma de llegar a la Comunidad, hermano Juan ---, el hermano Eulogio me sor­prende --- Como penitencia deberá reconstruir la estatua y reponerla en su lugar… Tardará mucho tiempo.
María cierra con alivio el libro…se ha quedado en la página veintitrés. 
Ahora ya puedo permanecer en el convento el tiempo que estime conveniente. Me quedo tranquilo. Ha descubierto una vocación más. Ya somos nueve a pesar de mi mujer.

viernes, 9 de febrero de 2018

KEWIN EL AFRICANO, PUBLICADO ENLA ANTOLOGIA DE ESCRITORES EN RED x ANIVERSARIO 2018





Conocí a Kevin, el viejo Bubí, allá por los tiempos en los que las máquinas de vapor surgían de la oscuridad de la tierra, rugiendo, con su cabeza negra y su pelo de humo, que se extendía por el cielo hasta oscurecerlo. 
Los bubís son una de las etnias minoritarias de Guinea Ecuatorial. Una vez me contó cómo y por qué había escapado, pero no recuerdo bien esa historia. 
 veces coincidíamos en alguna reunión o fiesta familiar, pero eran pocos los contactos que mantenía con él. A mi me hubiese gustado tener muchos más. 
Era un hombre sabio.
Con su mujer, Julienne, de origen camerunés y de la misma etnia, había formado una respetada pareja. 
Vivian de la agricultura y la ganadería, y no tenían hijos.
Hace pocos días recibí una carta suya. La abrí no sin cierta sorpresa, y pude ver que me invitaba a ir a su casa, aunque no especificaba el motivo. 
Fui hasta allí en la bicicleta de hierro azul de mi padre, que, como las viejas máquinas de vapor, me acompañaba desde hacia lustros.
Me separaban de su morada varios kilómetros que se me hicieron cortos en un agradable atardecer de primavera, entre los muchos árboles del camino. 
Él los había plantado. 
Eran casi todos de especies raras, traídas de su tierra natal, por visitantes y amigos.
Entre sus vecinos tenía fama de profeta.
e recibió con su saludo ritual; una leve inclinación de cabeza y un fuerte apretón de manos.
Observé enseguida que llevaba las mismas gafas de siempre.
Me sorprendió aquel espejo enorme, antropomórfico, que proyectaba la luz por toda la estancia.
- ¿Le gusta? Es un viejo regalo del abuelo de mi esposa. Siempre fue un hombre peculiar.
Gardé silencio, pero estaba asustado. 
En el espejo no se veía mi imagen.
- Ya lo entenderá - Me dijo adivinando mi pensamiento.
- Mi inquietud y curiosidad crecían por momentos. 
- No vuelva a mirar al espejo. Espere a que le avise. Confíe en mí. 
- Le he hecho venir porque quiero entregarle la herencia de mi padre. Mis gafas y el espejo. Póngaselas. Ahora puede mirar.
Me coloqué las gafas del viejo bubí, y miré.
- ¿Qué ve?
- Le veo envejecer rápidamente. 
- Ese es el motivo por el que necesito que lleve mis gafas. Usted como yo verá con ellas lo que los demás no ven, lo que va a suceder, los pensamientos, las intenciones de las personas que estén más cerca. Podrá quitárselas cuando guste, pero no las abandone nunca.
- ¿Ve algo más?
- Creo que no quiero verlo. Además usted las necesita. 
- Ya no. Mñana será mí último día. Por eso le he hecho venir. Pero tendrá que jurarme que se las entregará a su hijo, el día que él vea en el espejo lo que ha visto hoy.
-Así lo haré. 
Me ofreció un suculento estofado de carne de cabra, con hojas de nogal de sabor amargo, regado con un exquisito té africano elaborado por él mismo, a base de recetas de sus antepasados. 
El pasado y el futuro se mezclaban en el fondo del espejo.
Con el mismo ritual que a la llegada, me despidieron.
Sobre mi bicicleta, con las gafas puestas, rodaba ya de vuelta a casa, mientras una pregunta repiqueteaba en mi cabeza.
-¿Por qué yo?, ¿Por qué a mí? 
Temía cruzarme con alguno de mis vecinos, y descubrir su intimidad. Pero ¿Iba a pasar el resto de mi vida con ese temor? Le había dado mi palabra a Kevin, y tenía que cumplirla.

Mientras pasaba frente a los viejos árboles africanos, sentía un ligero pinchazo en la cabeza, que se repetía como una cremallera que se abriera y se cerrara dentro de mi cerebro a la velocidad de la vieja bicicleta. La dejé apoyada en uno que me llamó la atención por el tamaño de sus hojas 
¡Hablaba!
¡Hablaba en un idioma que yo no comprendía, pero hablaba!
Ya no me importó que la noche fuese invadiendo los caminos.
¡El árbol hablaba!
Acerque el oído al tronco. Me uní más a él, ajustándome las gafas y escuché atentamente.
Empecé a entender a aquel gigante de más de veinte metros, mientras la sensación punzante desaparecía. 
Me contaba la historia de África y de los muchos árboles que como él, daban sombra a sus habitantes cuando huían del fuego del sol y el rugido del hambre. 
Una inexplicable atracción me hizo acercarme a otro árbol, a pesar de ser muy parecido al anterior. Acaricié la piel de su rugoso tronco y un intenso calambre recorrió mi mano y esta vez fueron mis dedos los receptores de su historia o mejor dicho de la mía. En ella se escondía el motivo de la extraña petición de Kevin. 
Sólo entonces comprendí la razón de su insistencia.
Con su lenguaje de viento, me habló entre susurros, de su bisabuelo de origen francés, Franchise Román y una evidencia ignorada hasta ese momento se abrió paso en mi mente, Kewin y yo teníamos un mismo antepasado, Román, el abuelo de mi madre, nacido en Francia a primeros del siglo XIX, y del que nadie había vuelto a saber nada, salvo que emigró a Guinea.
Kevin si lo sabía.
Salí de mi ensimismamiento. 
Unos ojos de un fulgor in
escriptible, me observaban con atención. ¿Eran de un gato, o quizá de un tigre?
Un terror angustioso me impedía moverme. 
Pero aquel animal me hablaba, y yo entendía sus gruñidos. 
Él sabía del poder de mis gafas. 
- Las gafas son tu legado. Ningún humano comprendería que gracias a ellas, tú y solo tú, puedes ver, oír y oler, lo que para ellos está vedado. Haz buen uso de ellas y vuelve cuando quieras con nosotros. Y no te preocupes, tu hijo tardará mucho tiempo en verte en el espejo.
Sin quitarme las gafas volví a casa aspirando los aromas del camino. No sabía que iba a pasar, pero ya no tenía miedo.
A la mañana siguiente, Kevin me pidió por medio de un mensajero que trasladara el espejo a mi casa.
Así lo hice, y por la noche, tal como me había anunciado, Kevin dejó de existir. Desde el cercano bosque, pude escuchar gracias a mis gafas, los lamentos de sus amigos. Todos los animales conocían al Bubí. Fue su último homenaje.





jueves, 18 de enero de 2018

“OPERACIÓN SINTAGMA”


Es esta una versión del relato "los guantes", ya publicado  en este   blog ,  revisado y  reformado. Entre las reformas destaca el cambio de narrador.
Nótense las diferencias.


Conocí a Joaquín en aquellos tiempos aciagos en los que por mis errores no me dejaban ver el sol. Era un hombre primitivo, solitario, amable, creo que tímido e indeciso. Se dejaba manejar. A través de él pude seguir  haciendo desde la sombra aquello que más me gustaba: dirigir el mundo, y se me daba bien porque todos hacían mi voluntad. Pero ahora, ya libre, le necesito más que nunca para seguir adelante con la operación
Le conozco mucho más de lo que él cree conocerme a mí, por eso sé lo que hace a diario; conozco a sus dos únicas amigas, sus turnos de trabajo, los sitios que frecuenta, dónde desayuna y dónde se compra la ropa. Creo firmemente en ese dicho que afirma que la información lleva al poder.
Y aunque él no lo sepa, es el eslabón que necesito para controlar a “Sintagma”.
He venido de nuevo hasta aquí, como los dos últimos fines de semana, para encontrarme con él.
Esta es nuestra tercera cita. Hoy también vendrá.
Es arriesgado, espero que no me descubra.
-         Buenas tardes
-         ¿Cómo estrás, Ana?
-         Muy bien, muy tranquila.
Le saludo con dos besos, luego se sienta frente a la mesa baja y dobla su gabardina.
Nos sentamos y el camarero, que ya nos conoce, enseguida bien a servirnos.
-           ¿Lo de siempre?
-           Si por favor, con mucho alcohol.
 Me gusta tu gabardina, - le digo, mientras me siento a su lado. Mi voz es sugerente.
-           Me la pongo cuando siento frio interior.
-           Se acerca la Navidad. Ya está helando.
-     Por eso me la he puesto con el gorro “Cristino”. Mira, este es su guante, -  me dice mostrándome el izquierdo, que saca del bolsillo -, hace juego con el gorro. Siempre lo llevo.  Es mi talismán.
Bien, sigue sin reconocerme.
Bebo pequeños sorbos y escucho atentamente.

-                El gorro tiene historia, pero no te impacientes, - me dice él entusiasmado -, te la voy a contar.

Habla durante varios minutos, sin que yo pueda interrumpirle. 
Le miró fijamente. 
-                Decía llamarse Cristina, de ahí el nombre de ese gorro. Desconocemos todavía su origen, su edad ni su verdadera identidad. Denotaba una alta clase social, porque ni siquiera cuando llegó a aquel lugar inhóspito, perdió su elegancia. Era alta, rubia y joven.  Lo tenía todo.
-                ¿Pero por qué me cuentas esto a mí?
-                Necesito contárselo a alguien, - Joaquín creo que es sincero, ingenuo -, tú me inspiras confianza.
-                Gracias, - le digo acercándome más a él.
-                Cuando pasaba a nuestro lado temblábamos, y no de miedo.
-                ¿Por qué?
-                Era seductora. El miedo nos entró cuando supimos, por los papeles, que, desde el escalón más alto, manejaba los hilos de “Sintagma”, una gran organización internacional de tráfico de armas.
-                Vosotros los guardianes, ¿tenéis acceso a los papeles?
-                En eso se basa nuestra seguridad. Tenemos que tener más información, más poder que los delincuentes. 
Escucho con la máxima atención.
-                ¿Llevas mucho tiempo en ese trabajo?
-                Mas de veinte años.
-                Entonces la conoces bien.
-                Sí- Era ella, La llamábamos “la princesa blanca”
-                Entonces, ¿Era muy peligrosa? 
-                Por eso estaba presa, entre rejas, - sigue diciendo, iluso de él -, aunque no conocíamos su verdadera identidad -, el nombre de “Cristina, la princesa blanca” -, sólo era un “alias”, como los preciosos guantes, que de vez en cuando, se ponía para ocultar sus manos. 
Todo va bien. 
-                ¿Y?
-                Hacia mí tenía un trato especial; tal vez más confianza, o quizás yo era el más ingenuo, el más vulnerable para caer en sus redes. La seducción era su juego favorito, y jugaba continuamente, mientras nos hacia sudar.
-      ¿Y qué pasó?
-      Con nosotros estuvo poco tiempo.  Yo no supe más de ella.
- Tu trabajo de car elero, según me contaste la semana pasada, no era fácil.
-     A todo se acostumbra uno. 
-   ¿Sí? A mí no me gusta ese trabajo.
Vacía el vaso de forma compulsiva.
-           ¿Qué te pasa?
-           Me recuerdas mucho a ella.
-           ¿A quién?
-            A Cristina. Decía que cautiva entre nosotros, vivía mejor que libre en su país. Se fue en agosto, al terminar la condena. Desde entonces no encuentro el otro guante.
-           ¿Y dices que era rubia? ¿Cómo puedes estar seguro? Nosotras podemos cambiar de aspecto y no seríais capaces de reconocernos.
-           Eso es verdad.
-           ¿Te gustaría volver a verla o sentirías otra vez miedo?
-           Miedo no.
Suena mi teléfono. Me levanto. Dejo el bolso abierto. 
Eb él descubre con sorpresa el guante de color azul plomizo, como el suyo. Como mi gorro.
Los segundos se hacen horas.
No sé cómo va a reaccionar. “Sintagma” está en peligro. 
Espero con el teléfono al oído, aunque no me llama nadie. 
Ya viene. Disimulo.
Si me descubre, pondré en marcha el otro plan. 
La otra mano ya está lista.